Dolor de cabeza, sed intensa y una muy mala mañana… ¡hola, resaca! Lo sabemos, no es algo de lo que nos enorgullezcamos, pero (es muy seguro) que a todas nos ha pasado el exceso con el alcohol alguna noche de fiesta. Pero es real que con el tiempo cambian estos malestares, y verás de qué manera. En tus veintes... Te despiertas después de dos horas de sueño sintiendo como su cabeza se divide en dos. Inmediatamente buscas la comida más barata y grasosa que puedes encontrar y una cerveza. Te sientes increíblemente bien después de comer y beber y entonces sí estás llena de energía. En tus treintas... Estás con dolor, náuseas y te reprochas a ti misma porque sabes que tienes la culpa de cómo te sientes. Intentas hacer ejercicio pero te sientes mareada a mitad de camino a tu clase de yoga y decides regresar a casa a acostarte al sofá el resto del día, así que decides pedir comida hasta tu casa y a las 8 p.m., ya estás perdidamente dormida. ¡Se acabó tu fin de semana! En los cuarenta… Te despiertas (casi) segura de que has sido golpeada por un autobús, pero luego vagamente recuerdas, preguntándote a ti misma, sobre lo que pasó la noche anterior, “¿quién está lista para el refill?”, entre las frases felices que se te ocurrieron en plena party. Luego sales a un brunch con tu esposo, a un lugar donde tienen mimosas de naranja y de inmediato ordenas una… te alimentas de comida grasosa, pero artesanal. Entonces, en el brunch piensas que te mereces un rico masaje para desenterraste y sentirte mejor… al final del día el dolor persiste, así que te dices a ti misma "no hacer esto otra vez”.