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Miércoles 23 de Octubre del 2019

Jorge A. Amaral-Opinión

La casa del jabonero

Jorge A. Amaral

Jun 27, 2019, 16:29

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Esos son los buenos

Jorge A. Amaral

El reciente examen aplicado a los aspirantes de dirigir la Auditoría Superior de Michoacán evidencia lo que ha sido el talón de Aquiles de la clase política mexicana desde hace muchas décadas: muchas veces no están los más capaces, los mejor calificados o los más preparados, están los mejor conectados, los más recomendados, los que le han echado ganas en las campañas. Y es que, por ejemplo, Fátima Díaz, la carta fuerte del PAN, obtuvo un 5 en el examen de conocimientos; la perredista Silvia Estrada Esquivel, quien además fue contralora del estado pero pasó la mayor parte del tiempo haciendo trabajo político en Lázaro Cárdenas, sacó 5.5; alguien que ya fue auditor estatal, José Manuel Vázquez, un para nada honroso 3 de calificación, cuando de hecho, por haber ya ocupado el cargo, debería haber sacado, si no un 10, sí un 9.9. Por su parte, el actual presidente del Tribunal Electoral del Estado, Omero Valdovinos, obtuvo un 4 en la prueba escrita.

Otros perfiles no tan conocidos pero igual de lastimosos anduvieron entre el 3.5 y el 4.5 de calificación en el examen de conocimientos. El único que sacó 10 fue el actual titular, Héctor Acosta Rosales, lo que levantó ciertas suspicacias, aunque el examen es elaborado en distintas versiones y aplicado por instituciones de educación superior.

Ojalá el examen fuera el único filtro, pero no, porque al final de las etapas se someterá a votación del Congreso local, que ya sabemos que en todas las legislaturas, en la Auditoría Superior se pone gente a modo dado que son puestos políticos y el de auditor es el más politizado, es por eso que la fiscalización en el estado a veces deja mucho que desear, con procesos que se vuelven eternos, castigos que quedan en un manotazo y un regaño, y si la falta es muy grave, se determina la abominable, temible, espantosa, cruel e inhumana inhabilitación para ejercer cargos públicos por tres años.

Y por eso es que a la fecha tenemos exalcaldes que no transparentan adecuadamente los recursos a los que tuvieron acceso, por eso hay dependencias en las que el dispendio ha dejado boquetes financieros, por eso es que persisten las cajas chicas que nadie audita, que nadie sabe cuánto se gasta, en qué se usa y cuánto queda.

Pero bueno, que sigan proponiendo a los cuates, a los que le echan ganas, a los operadores políticos, porque si fuera diferente, gente como Juan Carlos Barragán o Antonio Soto y séquito que los acompaña estarían en el desempleo, o ya hubieran tenido que aprender a batallar como los ciudadanos comunes para conseguir un trabajo. Está bien que estas tradiciones persistan hasta nuestros días porque, de erradicarlas, qué pasará con toda esa gente que ha estado enquistada en los comités estatales de los partidos desde hace tantos años, sería incierto el futuro para quienes siempre son plurinominales o bien suplentes de alguien, para esos que siempre son asesores del mandamás en turno, ya sea que se desempeñe como legislador, presidente municipal, secretario de algo o gobernador.

Vaya, si se erradicara el carnalismo político, se extinguirían los políticos felinos, esos que siempre caen parados, y se daría por terminado el fino arte del saltimbanqui, y esto, en las redacciones de los diarios, nos facilita bastante el trabajo porque como siempre son los mismos nombres, ya no batallamos mucho con las fotos de archivo, nada más de actualizarles el cargo.

 

Servirse de ellos y desecharlos

 

La propuesta de la Cuarta Transformación de desaparecer los Órganos Públicos Locales Electorales (OPLE) para concentrar todo en el Instituto Nacional Electoral, porque los institutos de los estados salen muy caros, más que ocurrencia chusca debe ser un signo de alerta porque habla de una pretensión federal de ahora centralizar los ejercicios democráticos.

Muchos trabajo y muertos ha costado la garantía democrática, sin la cual Morena no estaría en el poder, como para tirarla a la basura por los caprichos de la oligarquía guinda, la de los allegados al soberano presidente.

Claro, ya están en el poder y están determinados a quedarse ahí otros 30 años, como lo ha dicho Yeyo Pimentel, por eso la necesidad de desmantelar los OPLES, pues así habría un control más férreo de los procesos y de los recursos que se otorgan a los partidos, sobre todo a los otros, y sólo bastará con acusarlos de “huachicoleo político” para que se les corten las prerrogativas y ¡pum!, un solo partido de estado. Eso si los legisladores de las demás fuerzas políticas lo permiten. Aunque, pensándolo bien, ¿realmente son necesarios 10 partidos cuando el cabildeo queda entre dos o tres? Es cuánto.

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