Con magia transforman el cobre

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Francisco Javier Torres / Enviado La Voz de Michoacán (Imagen Samuel Herrera Jr)
Santa Clara del Cobre, Mich., Metales al rojo vivo, un fuego incandescente, fuerza muscular y mucha pasión son los elementos básicos para poder forjar una gran vasija de cobre martillado, si se prefiere una pieza de aspecto artístico con decorados preciosos, a esos elementos se le suma la destreza, la imaginación, la paciencia y la minuciosidad para detallar una ave paradisiaca o una flor dorada o multicolores, así se hacen las artesanías de Santa Clara del Cobre.

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Se dice fácil, pero son años de venir alimentando el fuego día tras día, generación tras generación, los riesgos de todos los días entre los orfebres son las quemaduras de manos, sus pies o de otras partes de sus cuerpos, los machucones que se pueden provocar con los marros y el martilleo, o simplemente con el golpe de una pieza del pesado metal.

Eso es lo que no se ve de una pieza de cobre, la gente viene, ve lo que hay y compra algún recuerdo si no se le hace un precio caro, ellos valoran la pieza sopesando su bolsillo, pero pocas veces conocen del esfuerzo, la dedicación y el esmero para elaborar una vasija o un florero”, explicó Juan Lonato Rojas, artesano de Santa Clara del Cobre.

Los talleres artesanales están integrados por familiares: hermanos, tíos, primos y en ocasiones como ayudante el hijo de un amigo, esa es la manera de blindar su originalidad, de crear una franca competencia para demostrar quien se esfuerza más en lograr las mejores piezas, todos los modelos son únicos, pero cada taller familiar le deja la marca de la técnica, apenas perceptible por los maestros artesanos.

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Es la manera de trabajar el cobre, primero los abuelos, que enseñan a sus papás y lo replican los hijos, esa es la manera de heredar la riqueza del oficio, que lo hace tradicional, que no se pierde porque está profundamente arraigado.

La práctica y la experiencia se crea con el martillo en la mano, atizando al fuego y templando a la vez cobre y cuerpo del trabajador, se mezclan en un mismo calor que identifica un taller en acción.

A la fecha estos talleres familiares siguen utilizando herramientas milenarias que les dejaron como figura de herencia sus ancestros, la mayoría de ellas elaborados por sus propias manos, porque a la fecha no hay una industria que pueda replicar los martillos

que ellos utilizan, los cinceles para las piezas que llevan figura o simplemente los yunques hechos a base de tubos y planchas de metal que exigen una figura específica para poder moldear a golpes una pieza.

A pesar de toda la modernidad que ha alcanzado a las actuales generaciones, la mayor tecnificación que tienen los talleres si acaso la constituye un pequeño motor que hace las veces de bomba de aire que sirve para atizar el fuego, aparte de eso todo se sigue haciendo con las mismas herramientas milenarias.

El esfuerzo del trabajo que se hace con el cobre es similar al que se realiza con el oro y la plata, sólo que aquellos metales preciados tienen un alto costo y no están al alcance de los artesanos, una navaja de doble filo, porque el trabajo que se hace es el mismo, solo que en el cobre es menos valorado el sacrificio y su precio a la venta en una figura terminada nunca iguala al de los metales preciosos, a pesar de hacerse con la misma técnica y las mismas figuras.

Las calles de Santa Clara están literalmente rematadas en cobre, desde jarrones de ornato

hasta puertas completas hechas con este distintivo metal, por ello tal vez todos los turistas siempre lanzan la pregunta ¿Dónde está la mina del cobre? Y la respuesta es simple: aquí no hay ninguna mina.

Todas las piezas que se fabrican en este peculiar pueblecito, más chico incluso que algunas de sus tenencias, son elaboradas con cobre de desecho que llega de otros lados; para blindarse de que es un material adquirido lícitamente, se acordó establecer cuatro fábricas laminadoras, ellas son las responsables de cerciorarse que todo el cobre que acaparan es desecho o que está legalmente adquirido, lo cual es posible gracias a la infinidad de aparatos eléctricos que la sociedad humana está acostumbrada a desechar.

En las fábricas laminadoras los obreros compran metal también por kilos, pero ya en forma de disco, porque ahí mismo el cable es fundido y convertido en una pieza que semeja a una pesada y enorme moneda, esa es la materia prima a partir de la cual los artesanos elaboran piezas singulares. Los artesanos acuden a las laminadoras, y depende de la pieza que tengan en mente elaborar, es la cantidad de cobre que deben comprar, desde ahí comienza el olfato del artesano, en saber de qué peso quiere su figura, pueden ser desde un kilo, de 50 o hasta 100 kilogramos, eso es lo que sirve para hacer las figuras icónicas.

A pesar de ser primero un cobre de desecho, el trabajo artesanal es la garantía de que no está alienado o rebajado con otro material más corriente, porque una vez que se comienza a hacer la fundición, se limpia, queda sin impurezas, porque de lo contrario, si existe apenas esencia de otro metal, al tiempo de comenzar a golpear el cobre la pieza se quiebra, se rompe y de nada sirve el esfuerzo realizado.

Una vez que se ha logrado martillar por horas, días e incluso me-

ses, viene un nuevo reto para los artistas del fuego, poder encontrar un olor adecuado para su pieza, y ello e obtiene de manera natural, sin ningún tipo de pintado artificial, la tonalidad se obtiene al poner la pieza al rojo vivo y luego introducirla en agua, aceites o algún ácido especial con el que se puede oxidar la textura, oscurecerla o dejarla en rojo, el tono del calor se calcula en la temperatura alcanzada, y para ello no hay un termómetro, todo es medido con un pulso del sexto sentido. Estas características hacen del cobre martillado que cada pieza sea única y auténtica, a pesar de que se puede hablar de la producción en serie, no existen moldes para poder replicar una artesanía de estas. Alejandro Mendoza Alvarado, presidente municipal de esta tierra trabajadora con elementos al rojo vivo, reconoció una gran realidad que pesa sobre los artífices de piezas de metal, y esa es que el cobre dejó de ser un elemento de primera necesidad, tal vez pasa por la misma situación que el barro, todo ha sido desplazado por cacerolas de otros metales como el teflón e incluso hasta eléctricas, aunque el sabor de la cocina tradicional nuca podrá ser igualado con esos nuevos aditamentos.

Poco a poco los cobreros de Salvador Escalante buscan la manera de mantenerse vigentes en su quehacer, porque su trabajo pasó a una nueva etapa, pasó de ser artículo de primera necesidad a uno decorativo y artístico, las técnicas siempre se están perfeccionando.